Apertura. Revista de innovación educativa‏
Apertura 11

Competencias docentes para enfrentar la sociedad del conocimiento

Yajaira del Carmen Oviedo G.

Instituto Pedagógico "Luis Beltrán Prieto Figueroa"

RESUMEN

Los avances científicos y la nueva economía global gestan la necesidad de adquirir nuevas competencias, en particular personales y profesionales, en los futuros ciudadanos y ciudadanas. Ante ello, es urgente la formación de actitudes, conocimientos y habilidades en el docente para afrontar exigencias y requerimientos de una sociedad del conocimiento que otorga un valor distinto a la información más allá de la mera transmisión. Esta reflexión de naturaleza documental hace un aporte a las instituciones formadoras del docente en este siglo XXI, ante el apremio de hacer frente a nuevos retos; asimismo, es viable como una alternativa al requisito de diseñar un perfil complejo que parta de la construcción, manejo y difusión de saberes y haceres vinculados al uso de las TIC. Desde este ámbito, el propósito es generar una visión holística de las perspectivas que constituyen la formación de este profesional (constructiva, reflexiva y humana) para dar respuesta a los requerimientos de una sociedad que se transforma en todos los órdenes y, por ende, demanda nuevas formas de pensamiento para manejar el cúmulo de información a la cual está expuesta; implica el manejo y posicionamiento de estrategias y herramientas para mediar entre la tecnología y el estudiante. Estos aportes brindarán espacios para generar aproximaciones a un perfil del docente venezolano desde una dimensión ética, participativa, comprometida y consustanciada con su quehacer pedagógico mediado por las TIC. Se requiere una formación en las dimensiones del ser y el convivir, en las cuales la formación de principios como autonomía, libertad, respeto, responsabilidad, tolerancia, equidad, compromiso y solidaridad con sus pares, sean considerados rasgos fundamentales. Dejar de lado al profesional de la docencia desde concepciones mecanicistas, para entenderlo a partir de una visión integradora.

Palabras clave:

Perfil, sociedad del conocimiento, TIC.

 

CONTENIDO

Los acontecimientos religiosos, científicos, políticos y culturales de las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, demandan cambios en el ámbito educativo y perfilan un currículo ajustado a la sociedad del conocimiento y a las transformaciones de un mundo globalizado. Esta imperiosa necesidad conduce a la búsqueda de una mejor calidad de vida en la que se visualice la educación como pilar fundamental para impulsar el progreso de las naciones, en los ámbitos social, económico, político y cultural, tal como fue expresado por la UNESCO (1996) en su informe Delors.

En los albores de este siglo signado por la aparición muy particular de las TIC, destacamos la importancia del tránsito de una sociedad de la información a otra bien llamada del conocimiento, caracterizada por asumir que no es suficiente el comunicar información, sino que es preciso ir a la producción y reflexión en torno a ésta, de tal modo que signifique conversión del conocimiento en factor crítico para el desarrollo productivo y social. Así, el conocimiento se convierte en parámetro del nuevo orden social que aboga por la formación de ciudadanos y ciudadanas creativos y poseedores de capacidad crítica-reflexiva para afrontar estos retos.

Estos cambios vertiginosos nos conducen a otra forma de ver el mundo, a nuevos comportamientos y uso de lenguajes, lo que exige a todos grandes esfuerzos llenos de visiones, esperanzas y proyectos futuristas, en aras de lograr transformaciones profundas traducidas en mejor calidad de vida. Por ende, este rol le corresponde a los docentes: la formación de nuevos ciudadanos y ciudadanas con capacidad crítica y creativa a la par de una conciencia ciudadana. En consecuencia, los requerimientos de esta sociedad del conocimiento nos detienen a pensar: ¿quién debería ser este profesional?, y ¿cuáles competencias pudiera tener? Algunos teóricos darían respuestas precipitadas y hasta sesgadas en uno u otro ámbito del saber y hacer. Definir un perfil de este "constructor de voluntades" representa una tarea compleja, que pudiera tener sus creadores en teorías y modelos que explican desde indicadores y rasgos basados en conocimientos y disciplinas abstractas hasta llegar a concebir el perfil basado en competencias tal como se asume en el proyecto Tuning (2000).

Tobón, Rial, Carretero y García (2006) refieren una visión compleja y abarcadora, entendida como ese desempeño integral idóneo que demuestra el individuo en variados contextos y engloba las dimensiones afectiva-motivacional, cognitiva y actitudinal. Esta concepción de competencia implica una conformación holística entramada de componentes y características de un ser humano que construye significados para interpretar esa realidad social en la cual se desenvuelve. Sería valioso considerar el manejo de lo que significa la formación por competencias en los escenarios latinoamericanos, donde aún está tan arraigada una concepción tecnicista cargada de rasgos muy positivistas que se apartan del accionar del docente como ser social.

Tales aportes teóricos permitirán enfocar diseños curriculares dinámicos, multidimensionales y complejos, que partan de la investigación en contextos reales actuales, los cuales nos permitan asumir una realidad muy propia y pertinente. La formación docente para este siglo XXI debe estar enmarcada en escenarios de incertidumbre, que conduzcan al docente a poner en práctica habilidades y actitudes para generar posibles alternativas de solución ante situaciones problemáticas que atañen al escenario educativo bien convulsionado de cambios y transformaciones.

La formación docente debe proveer oportunidades e incitar la capacidad creativa para imaginar respuestas en un marco de acción, en el cual no exista la certeza; presentar escenarios complejos de entramados teóricos que brinden un abanico de construcciones posibles e inimaginables, pero que den respuestas a las necesidades emergentes en el ámbito de la sociedad del conocimiento. En este sentido, cabe destacar la convergencia de actitudes y creencias que, aunadas a este contexto histórico, demandan un accionar crítico en tiempo y espacio con connotaciones diferentes.

El abordaje en la formación del futuro docente debe partir de recrear las interacciones entre el conocimiento, el proceso formativo, el desarrollo humano y el contexto para actuar, a fin de garantizar la búsqueda de múltiples y complejas respuestas. Es ahí donde pondríamos mayor hincapié para una formación integral, en la cual tendrá cabida el desarrollo de competencias que le permitan su desempeño en el ámbito de las TIC como protagonistas de estos cambios, además de una dimensión pedagógica.

A partir de una dimensión profesional, la formación del futuro docente encierra el asumir una renovación de saberes, tendentes a gestar el conocimiento más que a transmitirlo como se ha venido planteando. Sin duda, estamos ante el reto de convertir estos saberes en conocimiento explícito y funcional, y evidenciar su aplicación; exige sumar elementos para su formación, que ponga el acento en procesos cognitivos, para un hacer crítico y reflexivo que le permitan trascender más allá de lo operativo e instrumental en el uso de las TIC.

Tal situación implica el posesionarse de herramientas y estrategias que le faciliten mediar entre la tecnología y el estudiante, así como el manejo de competencias comunicativas orales y escritas como herramientas que facilitarán la interactividad en la construcción de aprendizajes mediados por las TIC. Lo expuesto perfila la formación docente en una nueva dimensión que le permita al estudiante adquirir las herramientas cognitivas que le hagan posible acceder, gestar y tomar decisiones en torno a la información disponible ya no en textos, sino en la red, y demandar la puesta en acción de procesos de autorregulación del aprendizaje.

No se trata de reducir la función del docente a un simple disponer o colgar la información, sino de plantearse y cuestio narse ¿cómo integrar herramientas telemáticas a su práctica pedagógica?, ¿cómo diseñar, guiar o evaluar el proceso de aprendizaje realizado con el soporte de las TIC?, y ¿cómo ayudar a sus estudiantes para autogestionar su aprendizaje? Todo esto requiere cambios en el enfoque de la formación del docente que van más allá de la nueva capacitación instrumental básica para el manejo de las TIC; demanda el conocimiento de lenguajes visuales, flexibilidad, autonomía y compromiso con su hacer diario y accionar pedagógico.

No obstante, en este momento histórico que vivimos quizá no sea tan determinante ubicar con precisión cuáles serían los lineamientos para la formación del docente, quien realmente nos compete en este tratado; va mucho más allá de ver el diseño del perfil por competencias como inscritas en el marco de la interacción entre su formación y vinculación al aparato productivo. De ahí que se perciba al docente como ese profesional altamente competitivo y productivo, ligado a una evaluación del desempeño que se enmarca en parámetros de eficiencia y calidad.

Al respecto, interesa ubicarnos en posturas más humanísticas, como la de Camperos (2004), al plantear que un perfil cuyo asidero esté en las competencias debe ir a la par de una educación ciudadana, responsable con el otro, en la cual los principios de solidaridad y convivencia sean afines a la necesidad de desarrollarse como persona que se perfila a su autorrealización. Para profundizar: la formación del docente requerido hoy día, más que enmarcarla y delinearla en un desempeño laboral profesional, debe reflejar el comportamiento de un ser como ciudadano integral poseedor de conocimientos, habilidades, actitudes y valores que trasciendan su misión para enseñar a vivir con autenticidad, como lo manifiesta Pérez Esclarin (1999): educación en valores.

Representa, ante todo, una formación en valores morales y ciudadanos que involucren compromiso social con su país, Venezuela. Expresa consustanciarse con las problemáticas sociales que nos atañen, de tal manera que pueda dar alternativas de mediación; que manifieste capacidad de sensibilidad para interpretar realidades y emprender acciones en pro de solucionarlas. Al ser así, qué difícil es tener que aceptar que más allá de usar un lenguaje prescripto para sus competencias instrumentales adaptado a las exigencias de la era de la globalización, centrado en paradigmas, enfoques epistemológicos, hermenéuticos, pensamiento complejo, constructivismo y TIC, se requiere una condición humana en la que los valores sean pilares fundamentales para accionar en esta sociedad.

Es importante ubicarnos en una sociedad que demanda cambios, donde lo valioso es el capital humano que pueda dar calor al frío de estas innovaciones propias de avances científicos y tecnológicos. Al respecto, Mertens (1996) plantea la búsqueda del equilibrio en la formación del futuro docente: por un lado, ajustarse a las necesidades sociales, personales y empresariales y, por otro, el designio de la realidad contemporánea global. No implica apartarnos del ser humano, de sus intereses y su sentir; por el contrario, es acercarnos a él mediante acciones de respeto y convivencia en escenarios diferidos en tiempo. Este planteamiento invita a adentrarnos a la realidad subjetiva e intersubjetiva para comprender la sociedad del paradigma tecnológico signado por la producción cultural que circula por Internet, tal como lo ha expresado Castell (2000). No obstante, es éste el momento de reto para que los docentes afronten que las nuevas tecnologías representan evolución y progreso, con base en la connotación de que generan avances científicos y técnicos posibles, gracias a la reducción de obstáculos tiempo-distancia.

Al respecto, es indudable la pertinencia para despertar procesos de reflexividad y autonomía personal en nuestros docentes, quienes son los más llamados a orientar a los ciudadanos y ciudadanas que construirán una sociedad más justa en la que existan escenarios para la participación, transformación y desarrollo de éstos. Atendiendo a este horizonte, el reto está dado; más allá de una concreción mecanicista en su formación, debe extenderse una dimensión axiológica que favorezca su perfil personal profesional cada vez más armónico, personal, social y trascendental en escenarios de cambios y complejidad.

Esto implica que, más allá de concebirlo como el conocedor y poseedor de saberes en una disciplina específica, él es un ser humano con toda la complejidad que envuelve el término, con razón, mente, espíritu, sentimientos, intereses y expectativas. En tanto que tales planteamientos sean el norte para entender el perfil del docente de este siglo, se precisa argumentar que dejaríamos a un lado la concepción pasada de un profesional conocedor y transmisor de un conocimiento, egresado de una institución educativa con capacidad para buscar un empleo en un área tan compleja como lo es la educación; es entenderla desde una visión integradora que no sólo está centrada en la producción y gestión del conocimiento, que aborda el investigar para ubicarse en acción–conocimiento– información y uso de nuevas tecnologías al servicio del quehacer pedagógico; más aún, es llegar a ser un crítico, reflexivo de su práctica para ahondar en lo que está haciendo y darle un sentido ético y moral. Implica, por ende, el desarrollo de un plan de crecimiento personal; de emancipación profesional, en cuya acción refleje valores como libertad, paz, equidad, amor, respeto, solidaridad, responsabilidad y honestidad, así como compromiso con su entorno social.

Ahora bien, no tendrá sentido el llegar ahí sin propugnar qué se está haciendo. Para que el perfil del docente sea efectivamente una aproximación a lo expuesto, existen propuestas claras y sustentadas en visiones más cercanas a nuestra realidad venezolana, como la de Díaz Barriga (2004), quien plantea la formación de docentes a partir de temáticas emergentes en el currículo, como multiculturalidad, desarrollo sustentable y sostenible, responsabilidad social y ciudadana, y perspectiva de género, considerándose en su formación inicial como en la permanente, que atiende a la profesionalización. Lo valioso está dado por el compromiso que asumamos en reformas educativas que deben comenzar por la formación del docente para hacerla pertinente a estos nuevos tiempos. Es hora de ver, concebir y hacer de la docencia un acto de reflexión-acción, en el que nos perfilemos a gestar el conocimiento en nuestros entornos educativos, cuestionarnos y deconstruir el currículo, como lo decía Restrepo (2005), haciendo retrospectiva de lo que hemos estado haciendo. ¿Cómo hacer para mejorar mi práctica pedagógica diaria?

Todo esto encierra estar dispuesto a la crítica constante de lo que hacemos; sentarnos a compartir en círculos de acción docente, en colectivos pedagógicos, en grupos de coordinación de cursos, como le llamamos en nuestro contexto, para debatir aspectos relevantes y significativos de nuestro quehacer docente. Es proponer nuevas maneras de enfocar nuestro accionar en los ambientes de aprendizaje. Finalmente, lo crucial está en replantearnos y recrear el ejercicio docente con las consecuencias que acarrea esta decisiva tarea de preparación de talento humano, y adentrarnos en la búsqueda de nuevas visiones y enfoques en la formación del docente que aspiramos en nuestras sociedades.

En atención a lo anterior, se debe aprender econstruyendo el rol del docente. García (2004) manifiesta que a lo largo de la biografía educativa se han asumido diferentes versiones del accionar docente que dieron respuesta al contexto histórico del momento, pero que aún permanecen en el escenario educativo sin pertinencia a estos tiempos de cambios. Urge quitarnos las máscaras de la certeza, para partir desde la incertidumbre a fin de reencontrarnos y reconstruir la relación con alumnos, conocimiento y realidad contextual. Lo anterior implica que la formación del docente se ha venido manejando en tres tiempos pedagógicos: investigar, enseñar y formarse (Pérez, 1999); bastaría detenernos en este último para profundizar en esa dimensión del ser, y hacer de este discurso una acción de reflexión y autoevaluación de cada uno de nosotros, en pro de liberar y orientar nuestra voluntad a la ordenación de acciones más cónsonas con el sentir y querer aventurar en un mundo de la docencia, a partir de establecer relaciones y modos de calidad de vida, en la cual los escenarios del diálogo, la dialogicidad y los espacios intersubjetivos hagan posible tal realidad.

Restaría aceptar que, a pesar de ser la docencia una de las profesiones más dinámicas en cuanto a necesidades de transformación individual y colectiva, tal como lo mantiene Alves (2003, p. 12), es quizá la más conservadora para aceptar los cambios emergentes en su contexto, no obstante la creencia en su actitud crítica para interpretar la realidad y plantear propuestas de solución en nuestras sociedades.

 

CONSIDERACIONES FINALES

Estamos ante un panorama que induce a retos en los que lo fundamental radica en interpretar el papel que juega la creación del conocimiento en la búsqueda de alternativas que fortalezcan a los países para alcanzar su desarrollo económico, social y cultural. ¿Cuáles serán esos retos? La educación representa una alternativa viable para la superación de brechas en pro de un mejor bienestar social. ¿Cuál debe ser el currículo?, ¿desde qué enfoque asumirlo para dar respuestas a estos cambios educativos propugnados por la sociedad del conocimiento?, y ¿cuál debe ser el perfil del docente para esta sociedad?

Dar respuestas a estas interrogantes implica fijar postura de acuerdo con múltiples factores, que van desde la concepción de la educación, el currículo y sus respectivos componentes, específicamente los actores, docentes y estudiantes. Es indudable que la educación representa un factor crucial en esta transformación social, en virtud de que permitirá la formación de competencias en el ser humano para el logro de una comunicación efectiva en la que prevalezca la capacidad crítica y creativa para interpretar la información y traducirla en conocimiento, a partir de una herramienta fundamental que es el lenguaje.

En este contexto global signado por el valor otorgado al conocimiento como factor crucial para lograr transformaciones sociales en pro de una mejor calidad de vida de los ciudadanos y ciudadanas que transitamos en este siglo XXI, le corresponde un reto decisivo a los constructores de sociedad, los bien llamados "docentes". El compromiso estará dado por las respuestas de universidades creadoras de este talento humano, tendentes al logro de una formación integral en las dimensiones afectiva-motivacional, cognitiva y actitudinal. A la par, este perfil debe concatenarse con una formación para el ejercicio de la ciudadanía responsable en los diferentes contextos en donde se desempeñará.

Es necesaria, asimismo, una dimensión profesional que implique el poder posesionarse de herramientas y destrezas para acceder, gestar y tomar decisiones en relación con la información disponible en la red. Esta sociedad del conocimiento trae consigo nuevos modelos para aprender, en los cuales la responsabilidad recae en el alumno, situación a ser considerada para infundir en el docente una autonomía en aquellos actos en los cuales tendrá que tomar decisiones sobre qué quiere aprender, cómo y cuándo, con qué objetivos e intensidad.

No bastaría formar al docente de este siglo XXI con competencias tecnológicas para manejar las TIC; es importante acentuar un perfil humanístico que le confiera cualidades y principios cónsonos a una sociedad que pareciera apartarse de acciones y hechos protagonizados por el ser humano y, por ende, impregnada de principios inherentes a su desempeño, como actitud de respeto, libertad, honestidad, equidad, compromiso y solidaridad con el otro.

También se hace imperativo abogar por alternativas de formación docente tendentes a soportar transformaciones para afrontar los retos en la preparación del talento humano que la sociedad del conocimiento requiere. Implica dejar a un lado viejos esquemas y modelos transmisionistas y lineales en la formación de docentes, e involucrar nuevos diseños curriculares abiertos, interdisciplinarios y holísticos que "enseñen a pensar", que tiendan a desarrollar la capacidad de reflexión crítica y creativa del individuo sobre su propio accionar en pro de cambios sociales trascendentales.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Alves, E. (2003), "La formación permanente del docente en la escuela. El uso universitario de la tecnología para elevar la calidad del docente en el aula", Revista Investigación y Postgrado, vol. 18, núm. 3, UPEL, Caracas, Venezuela.

Camperos, M. (2004), "Perfiles de formación por competencias vinculados al conocer, hacer, convivir y ser", conferencia presentada en la VI Reunión Nacional de Currículo hacia la Integración Curricular de Educación Superior, UCLA, Barquisimeto: Venezuela.

Castell, M. (2000), La era de la información. La sociedad red, vol. I, México.

Díaz Barriga, F. (2004), "Modelos prospectivos de innovación en el marco de la integración curricular", conferencia presentada en la VI Reunión Nacional de Currículo hacia la Integración Curricular de Educación Superior, UCLA, Barquisimeto: Venezuela.

García, B. (2004), "Liderazgo docente. Rompan filas": Fecha de consulta: 21 de noviembre de 2009.
http://www.unan.mx/rompan/70/rf70art2.htnumero70

Mertens, L. (1996), Competencia laboral: sistemas, surgimientos y modelos. Montevideo: Cinterfor.

Pérez, E. (1999), "El docente necesario", Movimiento Pedagógico, Caracas, Fe y Alegría.

Proyecto Tuning (2000), disponible en: Fecha de consulta: 20 de noviembre de 2008.
http://www.mecesup.cl/mecesup1/difusion/destacados/el%20proyecto%20tuning%20resumen.pdf

Restrepo, B. (2005), "La investigación acción educativa y la construcción de saber pedagógica", revista electrónica Educación- Educadores, núm. 7:bFecha de consulta: 20 de noviembre de 2008.
http://dialnet.unirioja.es/servlet/extaut?codigo=1813452.16k

Tobón, S., Rial, A., Carretero, M. y García, J. (2006), Competencias, calidad y educación superior. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

UNESCO (1996), Informe Delors. La educación encierra un tesoro. Madrid: UNESCO/Santillana

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